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jueves, 12 de julio de 2012

Os dejo mi primer relato breve mientras estoy de viaje.

Lo dejo  en formato digital por si alguien quiere descargarlo desde aquí

Te Busco Volando en el cielo
Sergio Durany Herzig

Copyright © 2009, by Natura Selection Nº Registro: B3339-08 ISBN: 978-84-613-6571-5 Depósito legal: B-46202-2009 Impreso en: Artes Gráficas Torres, S.L. C/ Morales, 17 08029 Barcelona


Su teléfono móvil sonó como siempre, estridente y con una melodía un tanto hortera. Ella nunca le había dado importancia a ese detalle. Sabía perfectamente que no era lo más apropiado para una mujer de su estilo pero, aun así, no la había cambiado. Rápidamente lo buscó en su bolso para evitar que siguiera sonando. No fue fácil teniendo en cuenta el tamaño del bolso y la cantidad de cosas que siempre llevaba dentro. Estuvo rebuscando un largo rato mientras la situación se hacía algo tensa debido a la insistencia del sonido. Al fin lo pescó.


Al ver quién era en la pantalla, ladeó ligeramente la cabeza para que su conversación resultara algo más privada. Una maliciosa y secreta sonrisa iluminó su rostro.
Una vez acabada la conversación y mientras deslizaba la silla hacia atrás, pidió excusas al resto de comensales y se dirigió al baño. Allí, con el cerrojo ya echado, se bajó lentamente sus bragas blancas por debajo del ceñido vestido negro sin necesidad de descalzarse, las arrugó y las escondió en su bolso. No llevaba medias, era verano y sus piernas lucían un suave bronceado. Antes de salir se miró en el espejo y se gustó.

Había cumplido los deseos de su amado John. Le encantaban esos juegos.

Nora regresó a la mesa con sus clientes anodinos y aburridos. Era simplemente una cena más de trabajo a las que asistía regularmente. Pero ahora, estar sin ropa interior, con las piernas semiabiertas bajo la mesa, delante de todos, la excitaba y le hacía la velada mucho más distraída. Apenas prestaba atención a las conversaciones, su mente ya no estaba ahí, pero lo disimulaba muy bien.

Su profesionalidad acabó una interminable hora y media después, buscó un taxi ansiosamente y se despidió cortésmente de sus clientes mientras abría la puerta del coche. Deseaba llegar pronto a casa y fundirse con su amado, desde su llamada sólo pensaba en eso y la estaba quemando por dentro.

Cuando entró en la habitación, lo halló dormido con la luz de la mesita encendida y la televisión sintonizada en un canal de viajes. Se desnudó silenciosamente, fue al baño y, al volver, antes de deslizarse dentro de la cama, apagó la luz y el televisor.

Ya entre las blancas sábanas, lo buscó con toda su dulzura .Lo encontró rápidamente ya que la pasión seguía intacta entre ambos después de cuatro años. Gran parte de su complicidad se basaba en el sexo: se saciaban mutuamente de todo lo que ambos querían y sentían.

Eran las ocho de la mañana y como cada día a esa hora sonó el despertador. Les encantaba dormir, pero Nora tomo la iniciativa y salto de la cama.

Se fue a la ducha. La puerta del baño entreabierta de su agradable apartamento urbano permitía a John observarla en silencio. Ése siempre era un gran momento para él.

Verla desnuda sin que ella se diera cuenta, observando minuciosamente cada detalle, le permitía calibrar cuánto la deseaba y quería.

Aún en la cama, se dejó llevar por el placer que le proporcionaban sus pensamientos. Sentía que tenía la mujer que siempre había querido, amigos, familia, dinero. A sus treinta y siete años tenía mucha vida por delante, se sentía sano y con mucha vitalidad, sabía también que era un triunfador. Todo encajaba en su puzzle vital

Desde luego era vanidoso, manipulador y egoísta, aunque esa parte la omitía porque, aun sabiéndolo, no le gustaba reconocerlo. Tampoco se complicaba con temas existenciales, era un hombre práctico y de acción. Quería que todo en su vida estuviera como a él le gustaba.

Mientras Nora se vestía bromeaba sobre el análisis de esperma que debía hacerse John esa mañana. No lograba quedarse embarazada y querían descubrir las posibles causas. Debería masturbarse, llenar uno de esos botes transparentes con tapa roja y llevarlo rápidamente al laboratorio.

Ya solo en casa y todavía en la cama, vencida la desidia, decidió que había llegado el momento. Le daba mucha pereza, hacía ya tiempo que había dejado de masturbarse y más después de haber tenido relaciones esa noche. Poco a poco fue encontrando la inspiración y, después de unos relativamente largos movimientos, acabó. Fue algo complicado acertar en el bote.

Después de una rápida ducha, vestirse y tomar un café, ya estaba en su pequeño automóvil con su trofeo en el bolsillo de su americana. John siempre había sido un tipo elegante, traje negro de Tom Ford, camisa blanca sin corbata, zapatos de cordones y sus inseparables gafas de sol que le protegían siempre de los demás.

Al subir la rampa de su garaje con su coche miro al cielo y comprobó que el día era espléndido, aumentó el volumen de la música y bajó la ventanilla. Ese era siempre un gran momento para él, un nuevo día por delante para vivirlo intensamente.

No es que le gustara especialmente la velocidad, pero ese día tenía que estar pronto en el laboratorio para entregar la muestra. Un mensaje llegó a su móvil y lo sacó torpemente del bolsillo: era del despacho y de los largos. Mientras conducía intentó leerlo, en apenas los pocos segundos en que despegó la vista de la calle para fijarla en la pantalla del teléfono, una mujer cruzó por delante de su coche. Imposible reaccionar.

Todo pasó muy deprisa, pero en su memoria quedarían registrados todos los detalles para siempre, hasta la canción que sonaba en aquel momento: el sonido del golpe, su corazón disparado, sus pasos hacia ella mientras el horror del miedo le dejaba sin pensamientos, la certeza de no haber vuelta atrás, de querer desaparecer, de huir.

Una mujer en avanzado estado de gestación estaba inconsciente sobre el asfalto, apenas sangraba. Se agachó y le cogió la mano fría… no sabía qué más hacer. Había muchas personas a su alrededor, pero ningún médico. La ambulancia no tardó en llegar aunque a él le pareció una eternidad. Después de preguntar a qué hospital se dirigían se quedó, inmóvil, confuso, las piernas apenas lo sostenían. La lucha entre la razón y la angustia apenas le dejaban razonar.

Las luces azules del coche de la policía seguían girando mientras los agentes preguntaban y anotaban los detalles del accidente. Apenas podía responder. Sabía que toda la culpa era suya, que él tenía el semáforo en rojo cuando ella fue a cruzar. ¡Cómo había podido distraerse tanto y provocar esa tragedia por una estupidez como esa! Ahora esa era su realidad y resultaba imposible cambiarla como siempre había hecho cuando algo no le gustaba.

Decidió que su obligación y necesidad era acudir al hospital donde le habían indicado y saber cómo estaba esa mujer, no podía ni quería hacer otra cosa. Una hora más tarde John llegó. La nicotina de algunos cigarrillos circulaba ya por su sangre.

Supuso que lo mejor sería entrar por Urgencias y así lo hizo. Preguntó por una mujer accidentada pero, al no tratarse de un familiar, no obtuvo respuesta alguna. Simplemente se sentó en la sala de espera sin ningún propósito tan solo quería estar ahí.

Permaneció así casi una hora. En todo ese tiempo su móvil no había dejado de vibrar en su bolsillo, nadie sabía nada de él pero lo último que quería era explicar lo sucedido, era como si así sin contarlo no fuera tan real.

No pensaba. No sentía. Estaba en Shock.

Se levantó y volvió a preguntar a la enfermera. Esta vez contó su desgraciada participación en el accidente y le informaron de que la mujer estaba en quirófano sin más detalles. De nuevo se sentó, esta vez más lejos .Salió a fumar, hacía calor. Al buscar su paquete de tabaco en el bolsillo se dio cuenta de que el botecito transparente todavía estaba allí, y lo tiró a la papelera.

Era fácil adivinar quiénes eran su marido, sus padres, hermanos y amigos a medida que iban llegando. Ellos no podían saber quién era él ¿cómo iban a saberlo? Pasar inadvertido entre tanta gente le aliviaba. Podía observar sin sentirse mal.


¿Qué debía hacer?, se preguntaba tímidamente, una y otra vez sin obtener respuesta. Sólo sabía que quería permanecer ahí mientras suplicaba a no sabía quién que no fuera nada muy grave.
La tarde pasaba sin que él tuviera noción del tiempo.


El sol ya empezaba a ponerse, pronto oscurecería.
Ahora estaba prácticamente solo en la sala de espera, únicamente quedaba una mujer joven que acompañaba a una anciana en silla de ruedas y dos hombres solos como él. Nora apareció a la vez que la noche, después de que finalmente le contara por teléfono lo sucedido.
Lo abrazó. John lloraba, apenas podía respirar, quería hablar pero cuanto más lo intentaba más lágrimas caían.

Por mucho que Nora intentó convencerlo para que se fuera a casa con ella y volviera más tarde o al día siguiente, él se negó. Fueron a la cafetería, afortunadamente no había casi nadie, no hubiera soportado gente a su alrededor. Sólo hablaba ella, en un intento desesperado por distraerlo y sacarle unas palabras.

Salieron afuera a fumar otro cigarrillo.
Nora decidió hacerse cargo de la situación y fue a informarse de todo cuanto pudo.

El estado de la mujer era grave, había sufrido una hemorragia interna, se había roto el fémur por tres partes y había perdido a su bebé de siete meses. En ese momento se encontraba en la UVI. Su vida no corría peligro pero estaba grave. ¿Grave pero su vida no corría peligro? Nora nunca había entendido esa jerga médica.

Le repitió con todo detalle el informe a John intentando a la vez sacar importancia al diagnostico, pero ambos sabían que no podían disimular la desgracia de la pérdida del bebe.

Siempre se habían respetado mucho mutuamente y ahora debía aceptar su decisión de querer permanecer solo en el hospital en ese estado tan penoso para ella. Aunque le causara confusión y preocupación se marchó dejándolo de nuevo solo.

Serían las cuatro de la madrugada cuando John se despertó. Ahora no quedaba nadie en la sala de espera. Salió a respirar y a fumar de nuevo. Su rostro empezaba a reflejar el cansancio.

Al regresar a su asiento se encontró frente a una pareja de jóvenes, él con tatuajes en los brazos. John arqueó las cejas en forma de saludo pero ninguno de los dos se lo devolvió.
No tenía hambre pero si sed, notaba su boca seca. Metió una moneda en la máquina y esta le devolvió una botella de agua.

Eran las cinco de la madrugada. Pronto amanecería y John se durmió de nuevo.

Así transcurrió todo el día siguiente, apenas comió ni se aseó en esos dos días. Sólo fumaba y esperaba. Nora seguía respetando su proceso, tan solo alguna llamada en la que conseguía comunicarse con él, la tranquilizaba algo.

Al fin por la mañana temprano, la subieron a planta, habitación 212. John subió más tarde.

Ahora el escenario que le rodeaba era algo distinto, tenia ventanas desde donde podía ver el cielo y para fumar debía usar el ascensor. Permaneció de nuevo sentado hora tras hora. La vida se había detenido para él.

Las visitas a la 212 se sucedían con frecuencia, ahora todos sabían quién era ese hombre sentado no muy lejos, pero nadie se dirigía a él.

Gracias a Nora su lamentable aspecto cambió algo: consiguió que unos tejanos, un polo y unas zapatillas deportivas sustituyeran al traje negro, camisa y zapatos, a la vez que también se aseara un poco en un baño cercano.

Sería la tercera noche que pasaba en el hospital pero alrededor de la una de la madrugada, John se levantó y se dirigió a la habitación. Ningún familiar estaba presente.
Se encontraba delante de la puerta donde indicaba el numero 212. Dudó por unos eternos segundos. Finalmente la abrió. Permaneció inmóvil con la puerta semiabierta sin entrar del todo. Estaba lejos para poder observarla con detenimiento, pero tampoco quería hacerlo. La cerró de nuevo y se marchó, esta vez a su casa.

Ya en el taxi, mientras su cabeza apoyada en la ventana miraba a ninguna parte, tuvo la certeza y el miedo de que ya nunca más volviera a ser el mismo de antes. Se sentía transformado, ya que todas esas emociones eran nuevas para él, solo deseaba llegar a su casa para refugiarse.

Nora se asustó al oír que la puerta se abría, pero rápidamente se alegró al verlo. Corrió hacia él y lo besó con un largo abrazo. Lo primero que necesitaba era una ducha, así que lo acompañó al baño, lo desvistió con amor, abrió los grifos, comprobó la temperatura del agua y lo guió hacia dentro. Su aspecto dejado y agotado reflejaba su angustia.
El agua resbalaba por su cabeza a la vez que lloraba. Los cristales se iban empañando.

Con olor a recién salido de la ducha, afeitado, el pelo mojado hacia atrás y los ojos rojos se metió en un suave pijama blanco. Ceno una sopa de arroz con mucho queso rallado. Ya en la cama abrazó a Nora y se durmió sin hablar, estaba ahogado.

Debió de dormir catorce horas seguidas. Cuando abrió los ojos y vio el tono de la luz que entraba por la ventana supo que debía de ser por la tarde. Estaba solo. Una nota en la nevera decía «Te quiero. Vuelvo pronto». Regresó a la cama con un cenicero y mientras fumaba los pensamientos se agolpaban en su cabeza. Más tarde un impulso le condujo al garaje, donde estaba aparcado su pequeño coche de color negro.

Todavía en pijama entró y cerró la puerta. Apoyó las manos en el volante y comenzó a recordar una y otra vez cómo había sucedido todo, intentando absurdamente buscar una explicación, una justificación al accidente. Subió al apartamento de nuevo y se duchó.

Un largo paseo sin rumbo le reconfortó un poco, cuanto más caminaba mejor se sentía. Ya estaba anocheciendo, quería regresar y estar con Nora.

Tomaron una cena ligera. Casi no hablaban, sólo se miraban. Nora sabía bien lo que debía hacer y era simplemente estar.

Esa noche no durmió tres horas seguidas. Por la mañana, después de desayunar, decidió que debía volver al hospital y enfrentarse a la verdad.

Averiguó que se llamaba Sara, que tenía treinta y siete años y llevaba dos casada con Max. El hijo que había perdido iba a ser el primero.

Ambos sabían perfectamente quiénes eran cada uno. John estaba delante de Max, sus ojos apenas podían mirarlo a la cara pero al fin se sobrepuso y pronunció con enorme dolor una sola palabra: «Perdonadme». No hubo respuesta alguna como tampoco la hubo cuando pregunto por el estado de su mujer, ante el silencio doloroso sin apartarse la mirada mutuamente, John se giro y se marchó.

Había acudido en busca de un perdón que lo aliviara rápidamente de su culpa. Hubiera sido demasiado fácil, lo sabía pero quiso intentarlo.

Otro taxi lo condujo de nuevo a casa, no quería tocar su coche. Nora lo esperaba, sabía  y que tal vez la necesitaría cerca.

Ya había pasado un mes desde el accidente, solo salía de casa para unos cortos paseos. Su vida se reducía a ir de su cama al sofá blanco del salón, apenas comía, su mirada solía estar perdida en el horizonte por una gran ventana. Escuchar música y ducharse a menudo era su  actividad preferida.

Su familia y amigos podían comprender que ser el protagonista de un accidente así era doloroso y traumático, pero afortunadamente Sara se estaba recuperando y sobre su embarazo frustrado preferían no hablar, ya que era un tema de difícil colocación en sus argumentos. Así pues les costaba entender el estado de John, lo juzgaban desproporcionado. Ahora era un desconocido para ellos. No entendían que John se había sumergido en los infiernos del alma, en las tinieblas del corazón, donde el dolor no se puede localizar ni curar. Donde la vida cambia de sentido hacia una dirección que aterra sin conocer el destino ni el final.

Depresión exógena postraumática fue el diagnóstico al que le sentenció un psiquiatra amigo de sus padres. Antidepresivos y sedantes. Cada día que pasaba, John sentía que sus padres, hermanos y amigos, así como los familiares de Nora, le resultaban de alguna manera invasores y distantes. Hasta Nora se convirtió en una molestia incómoda para John, a pesar del amor que sentía por ella. Quería y necesitaba estar solo.

El tiempo pasaba tan lentamente que era agónico ver pasar los destellos del sol hasta el ocaso y luego la oscuridad de la noche día tras día. Así no quería vivir, eso lo sabía, pero un miedo atroz a tomar una decisión lo paralizaba.

Esa mañana dos pastillas le dieron la fuerza para hacer la maleta hacia un lugar que hacía dos días había decidido en secreto y sacado los billetes por internet sin apenas pensarlo.

El destino era Cabo Verde, un conjunto de islas situadas frente a la costa de Senegal, concretamente escogió la isla de Sal. ¿Por qué ese país? No tenía ni idea, sólo quería huir. Había oído hablar de ellas a un amigo y tampoco estaban muy lejos.

Antes de cerrar la puerta dejo una nota en la mesa de la cocina. No pensó en la pena ni el desconcierto de Nora. Tan solo sabía que quería huir.

Previa escala en Lisboa y tras cinco horas de vuelo, llegó a las dos de la madrugada, hora africana. No tenía visado así que tuvo que hacer una larga cola para conseguirlo. Cambió algo de dinero y cogió un taxi para ir al hotel que días antes había reservado. Una habitación desangelada le esperaba. Por lo olores, la temperatura, la gente, sabía que estaba en África. Sus viajes anteriores a ese continente se lo confirmaban.

Durmió bien. Apenas tenía ropa, sólo la que pudo poner en su pequeña maleta, además de un libro, sus auriculares para la música y un cartón de tabaco en su mochila.

Había olvidado su neceser. Sin ducharse salió para comprar algo de aseo y tomar un café.

El sol empezaba a calentar con fuerza. Niños, casas sin acabar, caminos de tierra, apenas coches. Una tienda, curiosamente de un chino, le permitió comprar todo cuanto necesitaba para sentirse limpio. Quería un café rápido o tendría que fumar en ayunas.

No era fácil conseguirlo. Había caminado tanto que ya empezaba a sudar.

Al fin encontró uno con un cierto estilo europeo. Tomó otro café y volvió al hotel para ducharse no sin antes saborear lentamente cada calada de su segundo cigarrillo.

Nora vio la nota sobre la mesa que John había dejado antes de marcharse. Intuía que no sería una nota de amor como las de antes, sino todo lo contrario.

«Queridísima Nora, ni yo sé lo que pretendo, tan sólo que volveré lo antes posible porque te quiero.»

Se tumbó en la cama. Más tarde abrió el armario para ver cuánta ropa y qué maleta se había llevado. Al ver que casi no faltaba nada, se tranquilizó un poco.

En Sal toda la actividad del pueblo giraba en torno a la escasa pesca y a la playa, así que paseaba sin rumbo por esa zona. Dormir, tumbarse al sol y caminar eran sus actividades principales. Apenas hablaba con nadie, tan solo esos diálogos corteses para pedir comida o bebida o alejar a los vendedores de todo tipo de souvenirs que acechaban por la calle sin cesar.

No sabía bien cuántos días llevaba ya en la isla, pero eran unos cuantos, de eso estaba seguro. No quiso llevarse su móvil, así que no había contactos de ningún tipo con su mundo.

Una potente erección le sorprendió una mañana al despertarse. Ya no podía acordarse de su último orgasmo. Casi era mejor así, ya que el último fue aquella mañana que cambió su vida. Otro día sin apenas nada que hacer le esperaba.

Al día siguiente decidió alquilar un coche y visitar la isla. Era un día de nuevo soleado y ventoso. Ese maldito viento que azotaba sin perdón. Apenas un árbol, palmeras o simples arbustos. Todo era de un monótono tono arenoso. Era una isla muerta en vida donde hacía un calor sofocante.

Serían alrededor de las cinco, cuando llegó a un puerto abandonado donde antiguamente los barcos cargaban sal, muy apreciada por entonces y que daba nombre a la isla.

Esqueletos de barcos se apilaban unos junto a otros fuera del agua, al fondo las torretas de carga yacían caídas mientras otras se mantenían todavía en pie. El techo derruido del almacén se mezclaba con las piedras que lo aguantaban. Sin duda debió de tener mucha actividad en su momento.

Una iglesia minúscula, también de madera y algo torcida ya por el tiempo, le invitó a salir del coche y caminar. Así descubrió, un poco más abajo, unas catorce casas y una escuela que habría creído abandonada si no fuera porque unos niños todavía jugaban sin apenas luz. Encendió un cigarrillo y mientras lo saboreaba sintió que se encontraba bien en aquel nuevo lugar.

Regresó al día siguiente con sus escasas pertenecías pero esta vez en taxi .Pago lo que le pidió el taxista y se bajo del coche. Una mujer se cruzó en su camino y aprovechó para preguntarle por un posible alojamiento. La extrañeza en su rostro era evidente pero, inesperadamente, le indicó un lugar.

Así fue como John se instaló en Calao.

Se alojo en una casa de madera color verde, donde un matrimonio ya abuelos alquilaban habitaciones.

La habitación no tenia baño ni ducha, la ventana daba a la escuela y el porche impedía que el sol abrasara la estancia. El colchón de tan gastado resultaba muy blando como a él le gustaban.

No salía del cuarto, tan solo para dar algún paseo cuando el sol no castigaba tanto al atardecer. Desayunaba temprano y cenaba justo a la caída del sol. Los diálogos se reducían a buenos días y buenas noches.

Las pastillas que había llevado consigo y que apaciguaban su sufrimiento se acabaron, así que los miedos y ansiedades empezaron a devorarlo lentamente día tras día. No lograba unos momentos de tranquilidad. Nada le importaba ni interesaba, su aspecto menos. El desespero se retroalimentaba y su dolor era cada vez mayor y más intenso. Los días tenían cien horas.

Tras varios días de agonía y desespero, un pensamiento se abrió paso de golpe entre muchos otros. Era el de acabar con su vida. Nunca antes se hubiera podido imaginar que una idea así le pasaría a él. A otras personas sí, pero a él jamás. Y ahora le parecía la única manera de huir de sí mismo y abandonar su cuerpo y con él su dolor.

No podía mirarse en el espejo ya que le devolvía su rostro y tomar conciencia de sí mismo.

¿Dónde estaba ese hombre tan seguro de sí mismo, ese hombre apuesto, triunfador, que jamás antes había sentido ese sufrimiento?

Necesitaba urgentemente la compañía de alguien que le alejara, aunque temporalmente, de sus pensamientos. La única distracción cercana era el matrimonio de la casa.

Salió de su cuarto y simplemente se sentó al lado de ambos en el porche sobre una mecedora. Así fue como empezó una relación carente de conversaciones, basada simplemente en la compañía silenciosa.

Octavio, así se llamaba, era un hombre ya mayor delgado y con el pelo blanco, imposible calcular su edad, su cara reflejaba la dureza como pescador de un pequeño bote que ahora ya no podía manejar. Amelia, era grande, algo obesa con el pelo largo y negro. Apenas sobrevivían con la pequeña ayuda que sus tres hijos les proporcionaban desde la capital. Pero parecían felices con lo poco que tenían.

Unos días después, Octavio, con la sabiduría que da la edad para comprender que la actividad seria su mejor remedio se decidió a hablar con él.

Le propuso trabajar en la escuela ya que necesitaba una reforma importante. Acepto rápidamente con una ligera subida de hombros a la vez que afirmaba con un gesto de la cabeza mientras estrechaban sus manos. Se acostó por primera vez desde su llegada hacia ya una semana con ganas de que amaneciera.

Empezó por barrer las aulas, limpiar los cristales, los baños, todo lo que veía sucio. Había tantas cosas por tirar que rápidamente amontonó una enorme cantidad de residuos inútiles. Pudo conseguir pintura blanca y empezó a pintar. Lo peor eran los techos. Sus hombros no podían aguantar más de tres minutos seguidos así que tenía que ir parando muy a menudo. Hacer dos cosas a la vez, pensar y trabajar, era más llevadero que sólo pensar.

Ahora agotado, cada noche dormía mejor. Después de dos semanas la escuela parecía otra. Y él también: estaba moreno, como un isleño más, se sentía fuerte y algo más alegre y seguro.

Qué lejos sentía a ese otro John, el que jamás se planteo nada sobre su existencia, ahora veía su vida pada como vulgar, vacía, carente de contenido, sin consistencia, era como si hubiera pasado de puntillas por todo. Ciertamente había sido más feliz que ahora pero sabía que esa felicidad era por inconsciencia, que no había sido una vida autentica ni real. Se juro a si mismo que lucharía por no dejarse llevar por el ego o la ambición y volver a vivir y sentir como lo había hecho. Tenía que descubrir el verdadero sentido de su vida si es que tenía alguno.

Sabía desde hacía muchos días que debía escribir un correo a Nora y se sentía mal por ello pero realmente no sabía porque atrasaba esa carta. Era como si no quisiera saber nada de su pasado.

Cada vez que Nora abría su ordenador y no encontraba noticias de John se desesperaba y entristecía. Poco a poco su desesperación y tristeza se fue convirtiendo en cólera y su hasta entonces comprensión y respeto se tornó en una crítica feroz que contaba con el apoyo de amigos y familia. Ahora le parecía egoísta e inmaduro. Hacía ya más de dos meses que no sabía nada de él, tan sólo justificaría y comprendería su silencio si algo realmente grave le hubiera ocurrido, lo cual por otra parte también la hacía sufrir. También resultaban desagradables las visitas o llamadas continuas a la policía desde la denuncia de su desaparición pero ya casi era rutina.

Además, el juicio estaba previsto para dentro de diecisiete días y su abogado insistía en la importancia del caso así como en la necesaria presencia de John.

Una tarde Nora, después de pensarlo tantas y tantas veces en todos estos dos meses guiada por un impulso incontrolado se decidió por lo que le parecía una locura pero necesidad a la vez. Llamar a Sara.

Era tal la necesidad y el deseo por encontrar consuelo y respuestas a la ausencia y silencio de John que se dejo llevar por su instinto. El accidente con Sara era la causa por la que John había desaparecido de su vida y pensó que si conseguía hacerse su amiga y obtenía el perdón podría ayudar a John de alguna manera.

Sus dedos temblaban al teclear los números del teléfono que su abogado le había conseguido. No sabía si colgaría o lograría hablarle.

Sara aceptó verla en cuanto oyó su petición. Ella era así no entendía de rencores pero si de tristeza. Esa rápida respuesta a Nora le pareció admirable.

No pudo evitar sentirse muy nerviosa hasta que llegó el día del encuentro. Cuando se conocieron, se sintió fascinada por esa mujer, no sólo por su belleza sino por su forma de ser, alegre, natural, espontánea, a momentos parecía como si nada hubiera sucedido.

Apareció con muletas y su pierna todavía cubierta por el yeso, asomaba por unos tejanos cortados. Llevaba una camiseta de tirantes sin sujetador que dejaba apreciar unos senos todavía jóvenes, su pelo era rubio y ondulado, sus ojos eran verdes, de mirada penetrante, sus labios, carnosos. Una sola chancla mostraba un pie precioso. Todo en ella era belleza. Tan sólo habían pasado unos meses del terrible accidente que había provocado su marido y ella no dejaba de sonreír contagiando a Nora su alegría.

Ese primer encuentro debió durar tres horas. No hablaron del fatídico día pero si de sus vidas y como no, de la ausencia de su amado John que tan terriblemente preocupada la mantenía día tras día. Era evidente que Sara había perdonado y asumido lo ocurrido y no guardaba rencor, se diría incluso que hasta sufría por lo que imaginaba estaba pasando John. Eso a Nora la reconfortaba mucho y creía que si a John le llegara ese sentimiento de Sara también le ayudaría mucho a él.

A ese primer encuentro le seguirían más. De esos ratos compartidos fue surgiendo una complicidad callada, a veces un tanto misteriosa.

Cada día era mayor la necesidad y el deseo de verse, de estar juntas. Ambas en estos meses habían recorrido un camino tortuoso, con grietas, precipicios y trampas pero estaban saliendo adelante y estaban orgullosas de ello a la vez que alegres por su complicidad. Perdonar, comprender y casi olvidar era su logro.

Nora nunca quiso conocer a Max, el marido de Sara, ni ella compartirlo con Nora, simplemente no querían y evitaban hablar de ello. Intuían que era mejor así. Sólo ellas dos. Pero los efectos de esa relación eran inversamente proporcionales a la relación entre Sara y Max que jamás pudo entender que su mujer tuviera esa amistad con la mujer del tipo que mato a su bebe.

Las olas rompían con fuerza y el sol reforzaba más el blanco de las olas sobre la arena. Era un baño de los que nunca se olvidan, intensos, fríos, bravos, vitales. Saltaban una y otra contra las olas como niñas pequeñas. Ese ejercicio era la recuperación perfecta para Sara, su pierna cada día estaba más fuerte apenas ya había diferencia entre ambas extremidades. Jadeando de cansancio y frio se tumbaron al sol, casi a la vez se sacaron el sujetador del biquini. Respiraban. La mano de Nora cogió la de Sara, y ésta la apretó con fuerza.

John estaba al fin delante del ordenador en un cibercafé de la capital, las manos apoyadas en el teclado no se movían, se sentía tan culpable por no haber dado noticias hasta ese momento que no sabía cómo justificarse. Al fin empezaron a verse las primeras palabras dirigidas a Nora. Una hora más tarde salió más tranquilo del bar.

Ahora su trabajo en la escuela, una vez acabada la reforma, era jugar con los niños, era como un entrenador de nada en especial pero de todo a la vez, también mantenía el orden y la limpieza. Había pocos alumnos, tan sólo una veintena de diferentes edades y sexo. De entre todos, el nieto de Octavio, José, era su preferido. Con él pescaba y jugaba. Tenía doce años. Que sencilla era su vida ahora.

La luz se cortaba cada noche a las once, después la oscuridad era total así como el silencio, tan solo roto por los ladridos de algún perro famélico.

Su cabeza empezaba a serenarse. Había aprendido a convivir con los fantasmas que atacaban por la espalda, con el miedo que paraliza, con la nostalgia y la melancolía de tiempos mejores, con la culpa. Todavía tenía que aprender a  conocerse y saber que quería hacer realmente con su vida ya que desde luego ahora no era el mismo John. Contemplar las puestas de sol le hacía tomar conciencia del paso de los días y a la vez que pronto debería tomar una decisión.

Esa hora llego un viernes así que lamentándolo mucho por Octavio y Amelia, así como por su joven amigo José sintió que había llegado el momento de volver. Le dio un largo y sentido abrazo a cada uno. Mientras se abrazaba a cada uno de ellos no podía más que recordar tantos momentos vividos y cuan unido se sentía ahora a ellos. Les estaba tan agradecido. Los quería de verdad y algunas lágrimas se le escaparon con placer.

Cuando Nora recibió el segundo correo de John anunciando su regreso, el corazón le dio un vuelco. Lo releyó cuatro veces. Mientras encendía un cigarrillo sintió que había llegado demasiado tarde y que algo entre los dos quizá ya se había roto para siempre.

John no tenía llaves, así que tuvo que llamar al timbre. Nora abrió la puerta con una tremenda mezcla de sentimientos.

Delgado, moreno, con barba y una sonrisa ladeada. Realmente tenía un aspecto magnífico, pero totalmente distinto al que tenía cuando marcho. Se abrazaron en silencioso, luego un amoroso pero distante beso. Ya estaba en casa. ¡Cómo alguien tan cercano y querido podía transformarse en tan poco tiempo en esa otra persona que ahora parecía que era John! El sentía el desconcierto de Nora y sabía muy bien que no sería fácil retomar la relación como si nada hubiera sucedido. Hablaron y fumaron sin parar. Cuando ella le contó su relación tan intensa con Sara y del motivo que le llevo a llamarla, se quedo muy sorprendido y extrañado pero a la vez le hacía sentir menos culpable, por eso le gustaba que se hubieran conocido. Le contó de como Sara no le guardaba ningún rencor, todo lo contrario, que incluso compartía la preocupación de Nora por cómo estaba John.

Pasaban los días y sus vidas se iban recolocando lenta y rutinariamente. Por otro lado era curioso comprobar que nada había cambiado durante su ausencia. Todo seguía y estaba tal cual se alejo de todo.

El primer polvo llegó unos quince días más tarde, fue confuso, una mezcla de pasión, rabia y amor.

Cada día no hacía más que comprobar la tremenda pereza, desmotivación hasta ansiedad que le producía tener que ir a su despacho y  disimular su estado. Ya no le encontraba sentido a seguir con aquella forma de vida, aquella que apenas unos meses antes tanto le gustaba y que le hacía sentir seguro y triunfador. Ese rollo no iba para nada ahora con él. Aguanto así dos meses hasta que una noche ya en la cama se dijo basta, no podía más y  decidió intentar vender su empresa a la mañana siguiente.

Solo tardó dos semanas en encontrar comprador. No era ni mucho menos el valor real de la compañía que John había creado ocho años atrás, pero si era mucho dinero, así que aceptó la oferta rápidamente. Una parte la pagarían en efectivo cuando firmaran ante el notario con el que siempre solía trabajar. Para muchas personas esa cantidad en metálico hubiera sido un sueño, el resto sería en un talón conformado. Ahora sería un tío asquerosamente rico.

La noche de la firma lo celebraron tímidamente en casa. Esta vez lo hicieron en la cama y ella logro alcanzar el orgasmo, pero mientras lo hacían ambos sintieron que ya no era lo mismo y fingieron. Era mejor no hablar de ello, daba miedo saber la verdad.

El otoño se dejaba notar lentamente.

Necesitaba estímulos, alicientes, retos nuevos en su vida y uno de esos era el de conocer a Sara.

Lo supo desde el día en que Nora le hablo sobre su nueva amistad con Sara, la manera de hablar sobre ella de  como la describía de  como la admiraba de  incluso de como la quería. Sentía una tremenda curiosidad por ella y además era a la que tanto daño había hecho, así que ese era su reto conOcerla, sentirla, hacerla su amiga, ganar su perdón y buscar en ello cierta paz. Le resultó fácil encontrar el teléfono de Sara en el móvil de Nora. No podía haber otra Sara en su agenda.

Hacía ya tres días que lo tenía en su poder pero no se decidía a utilizarlo, era como si solo el mero hecho de tenerlo ya le reconfortara o quizás simplemente quería alargar esa  ilusión. Al fin un día oyó la voz de Sara al otro lado. Colgó. Un minuto más tarde estaban hablando. No le resulto fácil, empezó por una torpe presentación que se alargo demasiado, pero poco a poco la conversación empezó a  fluir hasta que pasaron casi 40 minutos .Hablaron de todo con una tremenda y rápida sinceridad     hasta con un punto de alegría y humor. Era exactamente como la había imaginado y estaba fascinado. Realmente no guardaba ningún rencor al contrario parecía preocupada de verdad por él. Parecía tan sensible, alegre, vital.

Sara sabía que John había regresado por Nora, pero no esperaba esa llamada. Le pareció un hombre tímido y frágil a la vez que interesante.

Llevados por esa conversación tan espontánea se dejaron llevar por el momento y antes de colgar decidieron verse al día siguiente. Los dos sentían que traicionaban a Nora al no contárselo, no lo hablaron, cada uno tenía su motivo para callar.

Nora no solía vomitar así que haber vomitado tres días seguidos sin ningún motivo le pareció intrigante, tanto que sin dudarlo se miró los pechos en el espejo mientras se los palpaba. Estaban realmente más grandes y tersos. No lo quería ni imaginar pero prefirió salir de dudas y bajo a la farmacia.

Ya tenía práctica con el predictor así que acertó a la primera. Encendió un pitillo y a la cuarta calada el doble color rojo apareció en el aparatito. La emoción luchaba con el miedo la ansiedad con la ilusión. Estaba embarazada, que ironías de la vida.

Nunca antes había sido infiel a John no tan solo eso sino que tan siquiera había tenido ojos para nadie más. Siempre estuvo fascinada solo por él.

Pero en uno de esos tantos días, en los que acudía al gimnasio para rellenar tiempo durante la larga ausencia de John que había convertido su vida en aburrida  monótona y triste  donde después de la ducha y tomar algo en la cafetería mientras esperaba a que su pelo mojado se secara ligeramente, donde conoció al hombre que ahora la había dejado embarazada. Era ese tipo de hombres que resultan tremendamente atractivos a las mujeres. Pelo corto y algo canoso por la edad, estatura media, varonil, interesante, educado y con mucho sentido del humor, algo que a Nora le encantaba.

Ya fuera por su abandono, decepción o curiosidad, un día aceptó la invitación de Tom para cenar en su casa. Nora sabía a lo que iba pero jugaba a no saberlo. La sesión de sexo fue larga e intensa. Por qué negarlo… le encantó y no se sintió nada culpable. Jamás volvieron a verse aunque él lo intentara en varias ocasiones.

Nora no entendía cómo pudo olvidarse de tomar precauciones. Quizás el vino de la cena o lo bien que la sedujo Tom… sea como fuere ahora estaba en estado de ese hombre al que apenas conocía. Si sus cálculos eran correctos estaba de dos meses. Todo era cuestión de tiempo, la cuenta atrás había empezado y no tenía intención de pararla. Así que John debía saberlo.

La película era buena, pero Nora la miraba sin verla. No podía ocultar por más tiempo la noticia de su embarazo así que sabiendo que el lugar no era el más adecuado, se lanzó. Ladeó su cabeza para acercarse  al oído de John, simplemente le dijo “estoy esperando un hijo". Salieron a media película, era absurdo permanecer en el cine después de una noticia como ésa.

Volvieron andando a casa mientras le contaba todo con detalles. No buscaba el perdón ya que nada temía perder. Había ocurrido y no había vuelta atrás, quería tener ese hijo, así que lo expuso contundentemente, con firmeza y segura de su decisión: o lo aceptaba o se separaban, estaba dispuesta a sacrificar su ya tocada relación. Siguieron hablando en la cama hasta que el cansancio los abatió. Durmieron abrazados.

Por la mañana John espiaba la barriga de Nora mientras esta se lavaba los dientes,  pero apenas se notaba nada. Se acerco por la espalda y la besó en el cuello. ¡Cómo le gusto aquel beso! Era como si le dijera estoy contigo, no estás sola. Estaba muy contenta ya que aceptar de esa manera la noticia lo hacía todavía un ser mas especial para ella.

El día estaba nublado. Desde el accidente John no podía conducir, así que Nora iba al volante de camino al ginecólogo. Era la segunda visita. La ecografía hizo que se apretaran la mano, esa señal confirmo que John aceptaba y respetaba su deseo de ser madre en esas circunstancias.

Los encuentros entre Sara y John todavía permanecían absurdamente en secreto, eran momentos de paseos, de largas conversaciones, de consuelo. De dos personas que se estaban abriendo al mundo real. No tenían nada que ver con esos encuentros oscuros a escondidas de unos amantes. La atracción que pareció surgir entre ambos por un tiempo pasó y ahora eran simplemente un hombre y una mujer unidos por la vida.

El embarazo no tardó en hacerse público. Sara fue la primera en saberlo, mucho antes que los demás, y la única que supo la verdadera historia. Nunca se molestó en dar explicaciones a nadie más. Todos creyeron que era un hijo deseado y buscado por ambos.
El día en que John vendió su empresa en la notaría, una puerta mal cerrada del despacho permitió que una secretaria recién llegada llamada Laura observara cómo contaban la parte en metálico según lo acordado. Nunca antes había visto tanto dinero.

Laura era una joven despistada en busca de madurez. Había cambiado de trabajo y de hombres con la misma facilidad. Le estimulaba la vida nocturna, las emociones intensas, los hombres duros que apenas la cuidaban. Parecía gustarle que la trataran mal. Por eso ahora estaba liada con un tipo algo mayor para ella llamado Jack, que trabajaba en un parking. Los porros, el sexo bruto y saber que ese hombre escondía una vida turbia la hacían sentirse viva.

Ese mismo día, mientras cenaban con unos amigos, Laura comentó la cantidad de dinero que había visto en la notaría en el momento de la firma, sin que nadie prestara una especial atención, tan sólo Jack se había quedado con las ganas de saber más pero disimuló su interés y continuó con la velada esperando acabar pronto.

Ya en el piso de Laura empezó el interrogatorio. Al principio parecía mera curiosidad por lo que, confiada, empezó a contar los pormenores de lo que había visto y la posible cantidad de dinero que había sobre la mesa el día de la firma. Su sorpresa fue cuando Jack le preguntó si tendría acceso a los datos personales de John, a lo cual no sólo se negó Laura sino que se inquietó ligeramente ante esa extraña pregunta. Días más tarde Jack obtuvo lo que quería.

La inactividad seguía presente en la vida de John. Sin más se dejaba llevar por una suave corriente, a veces dolorosa, otras cómoda, sin saber adónde le conducía. Pero a la vez empezaba a tener momentos en los que tenía la certeza de saber que ése era el camino que debía y quería seguir y que una nueva vida estaba abriéndose lentamente para él.
Mientras, Sara se iba distanciando de Max a medida que entregaba su tiempo a sus cada día más queridos John y Nora, era con ellos con los que disfrutaba. Reían, paseaban, leían, se cuidaban los unos a los otros. Estaban bien así y no necesitaban a nadie ni nada más.

Para Nora su embarazo se convirtió en su ilusión, nada más tenía importancia en su vida, se sentía feliz y se cuidaba. No le importaba lo más mínimo que no tuviera padre, sólo sabía que ya quería locamente a su hijo. Le gustaba ver cómo crecía su barriga cuando se miraba desnuda en el espejo del baño. Incluso se veía sexy con esos quilos de más y esos poderosos pechos.

Un sábado por la mañana el timbre de su puerta sonó. Nora estaba sola y acudió a abrir.
Antes de hacerlo comprobó por la mirilla que efectivamente fuera la entrega de la compra del día anterior que estaba esperando del supermercado. Confiada abrió la puerta.
Mientras el individuo dejaba los productos sobre diferentes lugares de la cocina, Nora fue a su habitación en busca de unas monedas como muestra de cortesía, cuando regresó ese hombre tenía un cuchillo en la mano. Las monedas cayeron al suelo y sus brazos arroparon su vientre en busca de protección para su bebé. En unos segundos su boca quedó tapada por una cinta gris.

Ese hombre era Jack y quería saber dónde se encontraba la caja fuerte que supuestamente todo hombre rico siempre tiene en casa para guardar su dinero. Nora empezó a temblar, parecía que sus piernas no la mantendrían en pie, no reaccionaba. Un bofetón en la cara y cayó al suelo. Para levantarse fue necesario que la mano de Jack tirara con fuerza de sus largos cabellos. Nora casi no podía respirar.

Su mente confusa no conseguía recordar la combinación. El clic fue la señal de que se podría abrir. Jack apartó bruscamente a Nora y abrió la caja, pero apenas se veía dinero, tan sólo unos cuantos fajos cogidos por unas gomas, eso era todo. La furia se dibujaba en el rostro de Jack. El dedo meñique de la mano derecha de Nora pareció de cristal al romperse con tanta facilidad ante la fuerza bruta de Jack. Repetidamente le preguntaba dónde escondían el dinero. Nora sólo movía la cabeza de un lado a otro negándolo mientras el terror la devoraba. Ella desconocía que el dinero se hallaba en una caja de seguridad del banco. Después de muchos intentos y tras entender que no había más dinero hizo lo mismo con el meñique de su otra mano, luego y sin la más leve compasión, abrió la ventana de la cocina, la levantó y la arrojó al vacío. Ese tío realmente era un hijo de perra sin la más minina compasión.

Era un tercer piso. La suerte y las ramas de un gran abeto salvaron la vida de Nora pero no así la que estaba en camino. El portero se acerco corriendo hacia ella y una vez a su lado mientras se agachaba saco su móvil y llamo a urgencias.

Habían pasado siete días desde el terrible suceso. Nora se lamía las heridas junto a John en silencio. Apenas podía hacer nada, tenía todo el cuerpo dolorido, ni siquiera podía leer con sus dedos en cabestrillo. Sara acudía a diario a visitarles y se quedaba a dormir la mayoría de las veces. Aunque todavía no hacía mucho frío encendían la chimenea, cocinaban o veían películas, apenas hablaban. El silencio era lo mejor. John y Sara dejaron de verse a solas.

Mientras, John no hacía más que pensar en ese tipo que se había comportado de una manera tan cruel y había destrozado la gran ilusión de Nora. Cuanto más pensaba en ello, más alimentaba su odio. Ante su impotencia sólo le reconfortaba imaginarse una y otra vez, de diferentes maneras, lo que haría con ese hombre si lo encontraba. Ese pensamiento se fue transformando en una obsesión. Una sed de venganza y crueldad hasta ese momento desconocida se apoderó de John. Tenía dinero y tiempo, así que un día decidió actuar.

Contrató los servicios del mejor detective, el más caro. Era un individuo corpulento de unos cincuenta y tantos años, serio, que junto con su joven equipo le daban la confianza que necesitaba para, como mínimo, intentar descubrir la identidad de esa bestia, de ese ser repugnante al que quería ver sufrir. Y quería verlo rápido. John siempre había sido un hombre de acción.

Un mes más tarde sabía quién era Jack y dónde vivía Laura.

Nora se recuperó físicamente pero moralmente estaba sin ánimos ni vitalidad. Ahora estaba todavía más unida a Sara y ambas sentían que compartían el mismo dolor. Sólo con ella se sentía a gusto.

John no se inmutó cuando vio la factura del equipo investigador, sólo pensaba en cómo solicitar unos servicios más especiales. No era fácil enfocar el tema. Al hombre corpulento tantos años de trabajo le daban esa experiencia que le hacía imperturbable y difícil de sorprender. Un número de teléfono anotado en una hoja se deslizó por la mesa hasta John. Ésa fue la última vez que se vieron.

Seis meses atrás John era un hombre feliz sin complicaciones, uno más en este complejo enjambre humano, pero desde la mañana del accidente un eclipse oscureció su vida y se apoderó de ella dejándole sin sombra. Ahora estaba delante de una clase de individuos que jamás pensó que conocería para llevar a cabo una acción que nunca antes imaginó que podría ser capaz de emprender.

Rápidamente acordaron el precio, la mitad por adelantado y el resto a la entrega de la mercancía, así es como llamaban a Jack. Les hacía gracia que un hombre como John, adinerado y pijo, se estuviera metiendo en un lío como ése. Hasta le tenían cierto respeto por la seguridad y el coraje que demostraba. Lo que notaban es que a John le daba igual vivir o morir.

El paquete se lo entregaron en un sótano húmedo y apestoso, con apenas la luz de una mísera bombilla que colgaba del hilo y plagado de cucarachas que corrían sin dirección. No tenía ni idea que era aquel lugar y no le importaba lo más mínimo. Tanto los ojos como la boca y las manos de Jack estaban cubiertos por la misma cinta adhesiva color gris que había usado él con Nora. Respiraba con dificultad por la nariz y el ruido que emitía ponía más nervioso a John.

El palpitar de John era intenso, estaba algo confuso, las piernas le temblaban mientras bajaba las escalares, tenía la adrenalina disparada, en su mano derecha un bate de béisbol. Quería que lo viera todo y le destapó los ojos con dificultad ya que la cinta estaba pegada alrededor de toda la cabeza, pelo incluido, con varias vueltas. La mirada de Jack se clavó en ese desconocido que sujetaba el bate ya entre sus manos. Permanecieron así hasta que el bate partió su rodilla izquierda y se desplomó en el suelo.

La respiración ahora era entrecortada y el sonido de su nariz más fuerte.

John no tenía prisa, así que tembloroso encendió un cigarrillo. Absorbió todo el humo que pudieron sus pulmones. Su corazón debía bajar de pulsaciones y necesitaba algo de tiempo. Contempló el cuerpo tendido de Jack. Le sorprendía lo familiar que le estaba pareciendo su actuación y el poco rechazo que le producía. Él, que siempre se había tenido por un ser pacífico y se oponía a cualquier manifestación de violencia, ahora estaba ahí disfrutando del dolor extremo que le estaba infligiendo a Jack. Además no tenía miedo, más bien se sentía valiente al ser capaz de enfrentarse solo a ese hombre.

De repente, aprovechando la inmovilidad de Jack, que permanecía tendido en el suelo, acertó de pleno con otro golpe, esta vez en la rodilla derecha. Ambos se miraron, pero los ojos de Jack sólo reflejaban terror, apenas podía respirar a causa del dolor. A John le gustó que no hubiera sangre. Golpeó con todas sus fuerzas de nuevo para asegurarse de que ambas rodillas quedaban completamente destrozadas. Con eso le pareció suficiente, pero en lugar de huir corriendo, permaneció un rato en aquel apestoso lugar.

Dejo caer el bate de madera y acercándose lentamente, se agacho y le susurró al oído lo cabronazo que era, luego le escupió a la cara. Antes de subir la sucia escalera se giró para saborear su hazaña. Jamás tuvo remordimientos. Nunca se arrepintió. Ése sería el secreto que jamás confesaría a nadie.

Transcurrió el tiempo y Nora sintió la necesidad de vivir sola. Sabía que John la comprendería y aceptaría sin más y así fue como, fiel a sus sentimientos, alquiló un pequeño apartamento con una gran terraza soleada.

Aunque ahora  no vivieran juntos se sentían igualmente unidos de una manera natural. Los tres se volvieron inseparables. Pasaban muchos días juntos pero también respetaban las ausencias que cada uno necesitaba y utilizaba.
Varios viajes a lugares lejanos no hicieron más que reforzar la relación. Podían vivir perfectamente con las rentas de John sin necesidad de trabajar, cosa que a ellas no las incomodaba nada y a El por otra parte le gustaba. Tiempo era un regalo que los tres poseían ahora.

El matrimonio de Sara y Max ya se había deteriorado irreversiblemente, apenas realizaban actividades juntos y desde luego el sexo era nulo además de dormir en cuartos separados, simplemente convivían algunos momentos en casa, cuando coincidían. Max seguía enamoradísimo pero ya había comprendido. Sara se había alejado tan rápido de él que todavía no entendía nada de su proceso y desde luego no era fácil de entender para una mente tan rígida como la suya. Nunca llegaron a divorciarse.

Sus días transcurrían lenta pero armoniosamente, saboreando cada momento en un no hacer estando, apartados de lo que para ellos seria, una vida  banal y malgastada.
El frío ya empezaba a ser intenso y los días cortos, a los tres les gustaba el calor. Después de discutir varias opciones se decidieron por ir a Baja California en México en busca de sol.

Era un lugar que siempre habían deseado conocer. Pensaban alquilar una furgoneta y recorrerla sin prisa. También querían ver ballenas, era una buena época para ello, pero sobre todo bañarse en el Pacifico. Un día partieron. John odiaba volar, así que la noche anterior apenas durmió a causa de los nervios. De madrugada, ya en el aeropuerto, se tomó un tranquilizante y despegaron.

Varias escalas y  llegaron a su destino.

El calor era intenso y el paisaje medio desértico. Grandes cactus se alzaban a ambos lados de la estrecha y apenas transitada carretera. Todo era tal como lo habían imaginado.

Después de casi una semana conduciendo, encontraron una casa de madera junto al mar que alquilaron para una temporada, no sabían si seria larga o corta.

La cuestión era que la casa era perfecta para ellos, sencilla pero muy acogedora, barata y sin vecinos en una playa pequeña con palmeras y aguas verdosas cristalinas.

Los días transcurrían soleadamente entre olas, sábanas, música, libros, risas, comidas. El pueblo más cercano estaba a media hora de coche y era donde reponían la comida y sus cosillas de cada día. También allí tomaban alguna que otra cerveza con la gente local, lo que contribuía a que fueran cada día más conocidos y apreciados. La libido de John se despertó después de mucho tiempo y se sació con Lucía. Parecía que las heridas de los tres iban cicatrizándose con el lento pasar de los días que luego fueron semanas y más tarde meses. Nunca hablaban de regresar. Las tres habitaciones individuales les permitían mantener su espacio, la intimidad de cada uno. El no pasar nada seguía siendo su vida. Un perro apareció un día y se quedó, lo llamaron Salmón por su color. Una moto todoterreno azul fue comprada por John después de regatear media hora. No tenía ni idea de motores pero tenía buena pinta. Ahora ya no dependían de un solo vehículo.

Eran alrededor de las cuatro de la tarde cuando, después de un largo y divertido baño con olas grandes que al acercarse lentamente por la arena blanca hacia donde descansaba John, bajo una palmera, lo vieron con  una camiseta blanca aplastada en su frente  llena de sangre.

Un enorme coco de la palmera bajo la que se había cobijado del sol se había desprendido y le había golpeado directamente en la cabeza. Lo llevaron al dispensario donde una linda y simpática doctora lo cosió y vendo.

Desde luego se habían llevado un buen susto y John un dolor de cabeza de  varios días.

Ya sin vendajes pensó que sería bueno ir al dispensario con la excusa de dar las gracias y ver si ya podían sacarle los puntos así volvería a ver a la encantadora doctora.

Puso en marcha su moto. No llevar casco le gustaba, notaba más la velocidad.

Era una recta que le permitía ver muy bien como un coche VW cucaracha amarillo se aproximaba hacia él mientras pensaba cuantas cosas le habían sucedido en tan poco tiempo y que feliz se sentía ahora.

Cuando ya se iban a cruzar, en una fracción de segundos el coche invadió el carril de John y el impacto frontal lo hizo volar 5 metros.

Abandono este mundo al instante sin sentir nada. Se había fracturado el cuello.

Fue después de la incineración de John cuando Sara y Nora supieron que la conductora del coche se había distraído mirando su teléfono móvil y sin darse cuenta paso al otro carril y chocar con John.

No arrojaron las cenizas al mar ni cosas de ésas, querían que permaneciera de alguna manera junto a ellas.
No sabían dónde guardarlas, finalmente las metieron en un bote de cristal transparente donde antes guardaban  galletas y así se quedaron con El en la cocina.
Ahora estaban las dos solas y no deseaban regresar.

Ya habían llorado, dormido, comido, paseado, leído, nadado, hablado, rezado, mirado, pensado, sufrido lo suficiente como para empezar a hacerse la idea de que John no regresaría jamás de donde se fue.

Dos años más tarde Nora tuvo un bebé, lo mismo ocurrió con Sara algo después. Fueron dos varones: Tomas y Jerónimo. Nunca se casaron ni vivieron con ningún hombre. Todavía viven en Baja California, México.

Siguen buscando a John volando por el cielo.

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